De duras «quimios» a dos inyecciones al mes

Hace 50 años, cáncer de mama era sinónimo de muerte. Las pacientes fallecían rotas de dolor por la destrucción ósea asociada a las metástasis. Gracias a las terapias dirigidas y a los avances científicos de estas últimas décadas, este cáncer, el más frecuente entre mujeres, ya no es una sentencia irreversible, sino una enfermedad que, en un alto porcentaje de los casos, se cura o, en su defecto, se sobrelleva con una buena calidad de vida.

«La introducción hace 30 años de fármacos potentes que actúan deteniendo la destrucción ósea supuso un avance importante en el manejo de las mujeres con metástasis óseas, ya que mejoró su calidad de vida», explica a ABC Meritxell Bellet, oncóloga de la Unidad de Cáncer de Mama del Vall d’Hebron Instituto de Oncología (VHIO), que lleva 16 años tratando a pacientes en este centro. A pie de hospital, Bellet, que realizó su residencia en el Servicio de Oncología del Sant Pau de Barcelona (1992-1996) y ejerció como oncóloga en el Hospital Sant Joan de Reus (Tarragona), en el Clínic de Barcelona y en el Hospital del Mar antes de recalar en Vall d’Hebron, ha vivido muy de cerca todos los logros que han impulsado la mejora del tratamiento a estas pacientes.

En los albores de los años setenta se obtuvieron los primeros resultados científicos que avalaban el beneficio de la quimioterapia administrada tras la cirugía. También por aquella época se demostró el éxito del tamoxifeno como tratamiento hormonal para el cáncer avanzado de mama con sensibilidad hormonal (70% de los casos).

Fueron pasos importantes en la carrera de fondo contra la enfermedad. Sin embargo, el punto de inflexión lo marcó, en el año 2000, un artículo científico en la revista «Nature» del investigador Charles Perou, que estableció, por primera vez, la clasificación molecular del cáncer de mama. Estableció cuatro subtipos: el HER2-enriquecido (HER2E), el Luminal A (LumA) -consensibilidad hormonal y de lenta replicación-, el Luminal B (LumB) -con sensibilidad hormonal, pero más agresivo-, y el de tipo basal -el triple negativo, uno de los de peor pronóstico para el que solo está indicada la quimioterapia-.

Acercarse a la conformación genética de la enfermedad condujo al hallazgo de tratamientos más dirigidos, por tanto más eficaces, y con menos efectos secundarios. «En HER2+ el descubrimiento del trastuzumab se vio secundado por el hallazgo de otras terapias dirigidas de gran eficacia (pertuzumab, lapatinib, neratinib,…), lo que ha permitido revertir el mal pronóstico asociado a estos tumores», dice Bellet. «Hay algunos tratamientos hormonales que con dos inyecciones al mes y una pastilla oral son capaces de controlar la enfermedad muchos meses sin causar alopecia», señala la oncóloga», quien subraya también los avances producidos en fármacos quimioterápicos. Recuerda, por ejemplo, cuando, en los años 80-90, los primeros quimioterápicos causaban vómitos, úlceras bucales y alopecia. «La quimioterapia más temida por las afectadas era la FAC/FEC, la bautizaron como “la Roja ”. Era la más efectiva pero con muchos efectos», apunta la experta. Fármacos más dirigidos como los taxanos lograron suavizarlos.

También se produjeron avances en el control de la alopecia. «En la época de mi residencia se usaban gorros de hielo, aunque el poco pelo que preservaban era de mala calidad y causaba dolores de cabeza por su efecto vasoconstrictor. Ahora ese sistema se ha perfeccionado y se usan cascos con descenso lento de temperatura con mejores efectos y más tolerados», concluye.

 

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