Una historia ourensana: “Mamá, papá… Tengo cáncer”

Está inquieta. Ángeles se toma un café mientras juega con el azucarillo, fruto del nerviosismo. No ha sido sincera con las dos amigas que tiene en frente, pero tampoco ha mentido. Simplemente encubrió detalles de un episodio de su vida que lleva por título “Mi cáncer”. “No quería que mi estado se convirtiera en piedad o pena. Porque mucha gente asocia el cáncer a una enfermedad mortal. Y gracias a nuestra sanidad, que es muy buena, hay muchos avances para que cada vez sea una enfermedad más débil y se pueda superar. Todavía existen muchos estereotipos sobre el cáncer”, explica esta ourensana de 40 años a la que le detectaron cáncer de mama hace dos años.

A pesar de su voluntaria cortina de humo, esas dos caras conocidas le han dado un regalo. El punto final de una novela de superación y el prólogo de una nueva sonrisa. Silvia Meno, fotógrafa, gira la pantalla de su ordenador y enseña una sesión en la que se ve a Ángeles sonriente, posando tras más de año y medio de quimioterapia y cuidados médicos. Bromea: “Estoy hecha una modelo profesional. ¡Qué bonitas son las fotos! Enhorabuena Silvia”.

“No te lo crees”

En febrero de 2015, Ángeles caminaba tranquila hacia la consulta del médico, con una sonrisa en la cara y la leve preocupación de saber sus resultados médicos. La puerta de la consulta se cerró como lo hizo su cabeza y sus oídos: “Cáncer”. Su cuerpo permanecía inmóvil en la silla, mientras el médico hablaba. Ángeles oía pero no escuchaba. Su mente se oscurecía, no podía pensar. “En mi cabeza rebotaba esa palabra de una forma que me impedía reaccionar. No me lo creía”, recuerda. Tras una leve pausa prosigue:  “Cuando escuchas esa palabra salir de los labios del médico no puedes pensar en otra cosa. Se te paraliza el cuerpo y no das respondido. No te lo crees”.

Tras cerrar la puerta de la consulta, se dirige a su casa intentando ser fuerte, pero en ese intento se hunde: “Aguanté las ganas de llorar delante del médico y descargué toda la pena en casa”. Llega el momento más preocupante y lleno de incógnitas. “¿Cómo llama un hijo a sus padres para decirle que tiene cáncer?”, reflexiona Ángeles. Ella fortaleció su mente y su espíritu para descolgar el teléfono: “Papa, mamá, tengo cáncer”.

Sin pensárselo dos veces, sus progenitores se montaron en su coche para descargar la maleta en Ourense. “Hacía mucho tiempo que vivía sola y, bueno, al principio fue duro volver a tener a mis padres en casa”, sonríe. Ese allanamiento familiar todavía perdura. Vuelve a bromear: “No me los saco de encima”. Además de sus padres, solamente un selecto grupo de amigos conocieron su enfermedad. Cuando llega ese punto es contundente: “Hay gente que me ha fallado”. Su expresión dibuja una mueca de tristeza, de decepción: “Dentro del grupo de gente que sabía que tenía cáncer, ha habido muchos que no han estado a la altura o no han querido estar. No lo sé. Pero también ha habido otros que me han sorprendido gratamente Cuando estás mal, valoras una llamada o un mensaje aunque sea de vez en cuando. No pedía que estuvieran todos los días preguntando qué tal, pero si cierta preocupación”.

Enfrente del espejo

Las 24 horas. Sin descanso, sin excusas. Ángeles solamente tenía un horizonte. “Me despertaba cada día con la única intención de estar correctamente para que los análisis estuvieran bien y poder someterme a la quimioterapia”, explica. La dieta y el escaso deporte que podía hacer eran indispensables para llegar a su objetivo. “Al final, vives día a día para tener un correcto estado de salud para poder tratarte”, aclara.

Esa etapa ha tenido momentos duros. “He tenido altibajos, pero sobretodo durante el verano es cuando peor lo pasas. Porque no te puede dar el sol y claro tienes que salir o muy temprano o muy tarde. Aunque yo me iba de terraceo con mi cañita”, rememora. Otro de los cambios más perceptible es la figura física: “Aquí donde me ves tenía una melena rubia hasta la cintura (ahora tiene el pelo corto y es morena) y me rapé porque me dije que no quería ir a ducharme y quedarme con un mechón de pelo en la mano”. La metamorfosis de Ángeles experimentó un segundo de debilidad cuando perdió las pestañas y las cejas: “Perder el pelo no me importó, pero cuando me vi al espejo sin pestañas y sin cejas fue muy duro. Y más para una mujer. Porque te notas sin vida, sin expresión en la cara”.

Este regalo (el álbum fotográfico) es el fin, pero el inicio de una nueva vida”. Y aconseja que “todas las mujeres acudan para controles, ya que puede ser decisivo diagnosticarlo a tiempo. Es fundamental”.

Este ensayo tiene una última palabra, “fin”. La escribió en su piel donde lleva tatuado un cuento que nunca olvidará. Tiene una nueva mirada, más feliz, más alegre y con perspectivas diferentes: “Aprendes a vivir de otra forma. Valoras cosas, detalles que antes no apreciabas”. Silvia Meno desenfoca la cámara para que Ángeles sea la protagonista de un relato fotográfico que ejemplifica una feminidad luchadora. “Fue duro. Pero si no tienes ilusión, te mueres”, se lee en la última página de su historia. Es solo un ensayo al que le queda una segunda parte por vivir.

 

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